¡Amanecé, noche, amanecé!

Existe una necesidad inmediata de resignificar la palabra «resistencia» en el país, comprendiendo que después de que los bloqueos permanentes afectaran directa y colateralmente la frágil normalidad hospitalaria, económica y social.

¡Amanecé, noche, amanecé!

Columnista:

Esteban Gil Franco

 

Después de más de un mes y medio de paro, el pueblo colombiano no deja de percibir la horrible noche a la que refiere el himno nacional, pero ¿será entonces el «paro indefinido» la única salida a la crisis social, económica y política que vivimos?

El verdadero reconocimiento, desde la perspectiva de Hegel en su libro sobre La fenomenología del espíritu, refiere al comprender al otro como par y verse en él. Si bien en las relaciones de gobernante-gobernado en el territorio colombiano es bastante complicado evidenciar este tipo de perspectivas, justo en un momento tan critico como en el que nos encontramos y partiendo de la necesidad de un diálogo extensivo e integral, los egos y prepotencias de ambas partes involucradas deben quedar a un lado para alcanzar un dialogo propositivo y con rumbo. El problema del no reconocimiento de la postura del otro nos ha llevado a un complicado punto de no retorno, en donde si no despertamos del adormilamiento cimentado en el odio, lo que veremos será más sangre y dolor en las calles tanto en este paro, como en los que pueden venir.

Una de las ejemplificaciones más contemporáneas del reconocimiento del otro en el marco del diálogo amplio entre diferentes, es la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, donde se encontraron en el recinto del Congreso de la República miembros de partidos y movimientos políticos, sociales y religiosos en vista de la construcción de una Constitución Política garantista del Estado social democrático de derecho, en donde se ratifica la pluralidad como uno de los principios del mismo. Es precisamente, este el precedente que se debe tener en cuenta a la hora de la construcción de un dialogo que permita integrar a todos los sectores que se han visto involucrados directa o indirectamente en el marco del paro nacional. Esto implica no solo ampliar la base del dialogo, sino que también la voluntad para gestarlos, que ha brillado por su ausencia en las partes que se han hecho presencia dentro de los mismos espacios.

Por otro lado, existe una necesidad inmediata de resignificar la palabra «resistencia» en el país, comprendiendo que después de que los bloqueos permanentes afectaran directa y colateralmente la frágil normalidad hospitalaria, económica y social, la ciudadanía en general perdió la compresión de las causas legitimas que motivaron las movilizaciones. Esto sustentado en la cada vez menor cantidad de manifestantes que se evidencian en las calles de ciertas ciudades, acompañado de las pequeñas cantidades de personas que se disponen a bloquear grandes arterias viales que conectan gran parte del país. Como consecuencia, la manifestación que en principio se evidenciaba como legítima, ha perdido su  componente más importante y aún más cuando dinámicas ilegales como la extorsión para dar paso, la vandalización constante del servicio público o de la misión médica, los bloqueos que afectan la seguridad alimentaria, entre otros, se comienzan a sumar en este embudo de condiciones que llevan al caos constante.

La historia de Colombia nos ha demostrado que somos hábiles para la normalización de las condiciones intolerables, y este es el riesgo inminente que ahora vivimos. El estado constante de anormalidad, donde la situación en las calles del país —especialmente en las noches —es de incertidumbre y temor latente; donde las pequeñas, medianas y grandes empresas comienzan a flaquear; y donde los tejidos sociales se degradan progresivamente; hace pensar que no resulta coherente que quienes aún se encuentran en las calles persistan en una lucha la cual ya no tiene cabida ante las instancias gubernamentales y que requiere de comprender la «resistencia» mucho más allá de aquellos jóvenes que todavía están en las calles enfrentándose directamente a la fuerza pública.

El reto que seguidamente enfrentamos no es solo el de reconstruir lo que la pandemia ha destruido, sino el de vincularse y trabajar en proyectos políticos que permitan construir de nuevo la confianza en las instituciones estatales, y por lo tanto, devolverles la legitimidad. Es esa resistencia política en las calles, con la ciudadanía activa ampliando la invitación a las urnas, la que nos va a dirigir a un verdadero cambio, que sea ajeno a los extremos politiqueros, los cuales lo único que hacen es desangrar nuestra frágil democracia.

Sin duda, el 2022 será un año complicado, en donde seguramente el futuro a mediano y largo plazo del país será definido en las urnas, y por lo tanto, también es importante trascender del miedo y la preocupación por todo aquello que nos aqueja en este momento, hacia la materialización política de las voluntades que han movido este paro nacional, el cual poco a poco va llegando a su fin. En Colombia la horrible noche no ha cesado, pero por lo menos, debemos unirnos para resistir un poco más y esperar el nuevo amanecer.

 

Comparte:

Artículos relacionados