Los políticos corruptos y sus impostadas caras limpias

Existe un patrón de apariencias personales, de perfil y liderazgo, escenificado desde múltiples estrategias y tecnologías para inducir una cierta certeza y confianza alrededor de quienes supuestamente clasifican como políticos con dotes de liderazgo y que «merecen» gobernar.

Los políticos corruptos y sus impostadas caras limpias

Autor:

Andrés Arredondo

 

El exgobernador, exsenador, exalcalde y muchos más  «ex» recientemente condenado a ocho años de prisión y 7 mil millones de pesos; el parapolítico (no hablo de Uribe, a pesar de lo evocador del perfil hasta aquí señalado. Se trata de Luis Alfredo Ramos, uno entre decenas de políticos regionales que han sabido posar, como si esa puesta en escena fuera el centro de su gestión política, desde una supuesta integridad y limpieza en el actuar, cuando en realidad personajes como él tienen por profesión capturar las instancias de representación política y el aparato mismo del Estado para alimentar sus insaciables apetitos personales, aunque eso signifique venderle el alma al diablo e incurrir en toda clase de tropelías y delitos y crímenes.

En la historia de la teatralización de la acción política de los líderes en América Latina encontramos decenas de casos en los que sobresalen todo tipo de rituales, gestos, rictus, maneras y simbologías que, por supuesto, no son exclusivas de uno u otro lado del espectro ideológico, pero que referido a los políticos criminales, megalómanos, ignorantes, antipopulares, vendepatria, corruptos, mentirosos, cínicos o ladrones, configuran un subcontinente de podrida humanidad descritos como un verdadero bestiario tropical, que por demás tiene su propio libro descriptivo de título ídem y que consigue asquear no solo ante las conductas de los personajes citados, sino por la regularidad y semejanza de sus comportamientos diseminados por todo el continente y en el transcurso de nuestra historia.

El capítulo de ese libro, reservado para Colombia, podría ser el más extenso y horripilante a pesar de que los detentadores del poder han sabido pasar como venerables ancianos bonachones, pulcros oligarcas filántropos o políticos bañados en gracia de calles populares. La lista es interminable. Quién no recuerda a Alberto Santofimio Botero, entusiasta aliado de Pablo Escobar; y a este último, a quien se lo puede ver en ubicuas fotografías como un joven parlamentario con cara de seminarista en misa de cinco.

Pero es en la primera década de este siglo cuando esas aguas rompen el dique y el fenómeno de la corrupción y la criminalidad desde las altas esferas del Estado se generaliza llegando a proporciones absurdas, «casualmente» en los dos períodos de gobierno de Uribe. Si nos proponemos una rápida enumeración, encontramos los siguientes casos: 

César Mauricio Velásquez exsecretario de prensa de la Casa de Nariño entre 2007 y 2010, se fue a hacer milagros a Roma y por ahí derecho a huir de la justicia colombiana quien ha dictado una sentencia condenatoria en su contra, aunque cuando el Tribunal Superior de Bogotá ordenó su captura, advirtió que será de difícil cumplimiento debido a que el reo está domiciliado en un país donde las autoridades colombianas no tienen jurisdicción. Le hace dupla Edmundo del Castillo quien fue secretario jurídico de la Presidencia entre 2006 y 2010, según la fiscalía ambos «participaron en un entramado ilegal orientado a desprestigiar a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y a la excongresista Yidis Medina Padilla, entre 2007 y 2008», fueron condenados a cinco años y tres meses de prisión.

Jorge Noguera, flamante director del DAS entre 2002 y 2005, hasta que poco después se conocieron sus fluidas relaciones con los paramilitares y cuyo caso sirvió como referente para designar en adelante la temible «muchachada» de Uribe, después de que el innombrable dijo de él que era «un buen muchacho». El colofón de la historia es que Noguera fue condenado en 2011 a 25 años de cárcel por concierto para delinquir y por el homicidio del sociólogo Alfredo Correa de Andreis.

María del Pilar Hurtado, actualmente recluida en la Escuela de Caballería del Ejército en Bogotá, después de que intentó fallidamente permanecer a salvo en el extranjero, siguiendo el ejemplo de los otros muchachos. Era directora del DAS cuando se produjeron las interceptaciones ilegales a magistrados de la Corte Suprema de Justicia, políticos de la oposición como Gustavo Petro y Piedad Córdoba, y a periodistas como Daniel Coronell. Por esas mismas chuzadas perpetradas desde el DAS, Bernardo Moreno, quien fuera secretario general de la Presidencia entre julio de 2004 y agosto de 2010, fue condenado por la Corte Suprema de Justicia a ocho años de prisión.

La lista sigue… Alberto Velásquez secretario general de la Presidencia hasta 2004, condenado a cinco años de prisión por el caso de la yidispolítica; los exministros Sabas Pretelt de la Vega y Diego Palacio por el mismo caso, aunque con una sentencia más alta representada en seis años y ocho meses de prisión.

Sin duda, la cereza en el pastel es Andrés Felipe Arias, de quien su patrón dijo que era una copia mejorada y aumentada, Ministro de Agricultura entre 2005 y 2009, y al ser copia fiel del hombre de las carnitas y los huesitos, resultaba carta fija a la presidencia, si no es que se descubre el escándalo de Agro Ingreso Seguro, programa desde el cual el clon repartió a manos llenas subsidios estatales a familias poderosas del Valle y del Magdalena, lo que condujo a que en 2011 la Procuraduría General lo destituyera e inhabilitara por 16 años para ejercer cargos públicos, ante lo cual el predilecto del señor Ubérrimo dijo con aparente gallardía que siempre respondería ante la justicia, aunque, acto seguido huyó del país. La Corte Suprema lo sentenció a 17 años de prisión el 17 de julio de 2014.

Existe un patrón de apariencias personales, de perfil y liderazgo, escenificado desde múltiples estrategias y tecnologías (medios de comunicación, instituciones sociales, partidos políticos tradicionales, iglesias, entre otros) para inducir una cierta certeza y confianza alrededor de quienes supuestamente clasifican como políticos con dotes de liderazgo y que «merecen» gobernar; los demás aparecen en consecuencia como indeseados y peligrosos, pues provienen de sectores populares, tienen demasiada melanina, son mujeres empoderadas, homosexuales retadores del orden, campesinos esforzados o políticos que no tienen que lavarse la cara, porque sus vidas son pulcras, poseen sabiduría y desean sellar un pacto histórico que nos ayude a superar el nefasto legado de los impostados caraslimpias.   

 

Comparte:

Artículos relacionados