Nuestras culpas

Ellas, todas, parecen estar a la deriva de quien se crea su poseedor.

Nuestras culpas

Columnista:

Sebastián Prada Gil

 

Nacer mujer en Colombia, tipifica una especie de delito que nos resistimos a comprender, como si tuviesen que expiar ese pecado eternamente.  

Daniela Quiñones fue asesinada por un desconocido que se ofreció a llevarla a su casa y luego la tiró al turbulento río Cauca. ¿Cómo se atreven algunos machotes a decir, vía Twitter, que se lo buscó por salir en plena cuarentena? ¡No señores! Fue un asesinato selectivo, una muerte por nacer mujer.

En este país de señores feudales, ellas, todas, parecen estar a la deriva de quien se crea su poseedor. Culpables nosotros los machos, que las desvestimos con la mirada y exigimos a nuestras madres, hermanas y novias un protocolo de qué no usar ¡ni escotes ni faldas cortas porque eso es dar comidilla a los amigos!

“De la abundancia del corazón habla la boca”, por eso nuestras palabras no son ajenas a nuestros actos y nos atrevemos a engullirle licor a una chica y a compartir nuestra estrategia exhibiéndola en un cartel como si fuese un triunfo: “¡Vamos campeón, otro trago, que hoy coronas!” ¿Y ellas exageran? Si es que nuestra lascivia es moderada —Toman porque quieren algo más, ellas saben a lo que van—.

En las mujeres, vemos el reflejo de nuestra sodomía, por eso las seguimos cuando las vemos solas en la calle, las embestimos en el bus con sobaderas, pero eso es normal, porque así es el transporte público.

Toca darse al dolor, resignarse, porque muertes en Colombia es lo que hay todos los días, y lo que pasa con ellas, es que lo provocan todo. No puede ser que se le llame feminicidio, si es que en el delito no se le transgredió su dignidad por ser mujer. ¡Feminazis!

Para mí sigue siendo terrible pensar que los derechos de la mujer van hasta que la bragueta de un desquiciado lo permite, pero es cierto: son maltratadas, empaladas, molidas a golpes, torturadas, todo por un coito, como si se tratase de alguna empecinada clase de esnobismo sádico.

Hoy no me queda más que asumir mi condición machista, y me tomo la atribución de culparnos a todos, como un acto recriminatorio de los daños que hemos ocasionado, irreparables porque se trata de vidas fulminadas a fuerza de la nada, del porque sí, a cuentas de nuestra sevicia y lujuria y que no hemos hecho nada para cambiarlas.

También, escribo esta columna buscando perdón, por nuestros maltratos físicos y verbales, por los besos y sexo exigidos sin consentimiento, el acoso enfermizo, el envío de penes por redes —aunque se lea crudo, son nuestras acciones— y esa cadena de actuaciones para infortunios de la mujer, han provocado una estela de muerte sin fin.

Producto de nuestras iniquidades, a la suma, van más de 110 feminicidios en lo corrido de 2020, un absurdo conteo que nos dejó, entre otras, sin Paula González, Daniela Quiñones, Heidy Soriano y María Celeste Naranjo. 

Una convulsión de tristeza en nuestra alma, que además, debe soportar a unos verdugos con uniforme que decidieron hacer gala de su hombría violando en manada a unas niñas Embera.

 

Comparte:

Artículos relacionados