Politizar las labores del cuidado

Las labores del cuidado que asumen las mujeres en esta cuarentena también han impactado de manera negativa sus vidas. Han existido sobrecargas de trabajo que afectan tanto su salud física como emocional, así como mayores riesgos de violencia.

Politizar las labores del cuidado

Columnista:

Tatiana C. Gómez Duque

 

Hoy muchas personas feministas y no feministas estamos colocando las labores del cuidado en el centro de nuestras vidas. Unos casos obedecen a la consciencia, más asociados con el hecho de repensarnos las distribuciones de cargas y develar lo invisibilizado y subvalorado que están las actividades propias de esta labor. Estas discusiones por supuesto no son actuales, son temas que ya se estaban pensando en la agenda académica de los años setenta. Otros casos, simplemente responden a temas más ligados a la coyuntura de la pandemia. Parece que la continuidad con la que se han tenido que hacer las labores del hogar tales como lavar la loza, cocinar y hacer oficios de la casa en general, a causa de la cuarentena, nos tiene agotados a todos, especialmente a aquellos que no nos dedicábamos a estas labores antes de entrar en confinamiento.

Ha sido incluso una situación merecedora de sacar memes como “he visto todas las películas de pandemia y en ninguna lavan tanta loza” que entre chiste y broma de la coyuntura, nos permite reflexionar sobre lo invisibilizada que han sido las labores asociadas al cuidado, pese a que son actividades muy cotidianas y necesarias para el sostenimiento de la vida misma. Pensemos en todas esas atenciones y cuidados vitales para nuestra supervivencia y que en el confinamiento se han agudizado, por ejemplo, el mantenimiento de los espacios y bienes domésticos que en esta crisis sanitaria ha conllevado a una extrema limpieza e higienización. O también, los cuidados físicos, emocionales y psicoafectivos que se realizan para cuidar a los niños y niñas que están todo el día en la casa, así como a las personas enfermas y a los adultos mayores que son la población más vulnerable a contraer el virus. Incluso labores del cuidado que no obedecen al espacio doméstico, pero en las que también se ha visto una sobrecarga, como los trabajos de la salud, por ejemplo el de la enfermería, donde en muchos casos no solo asumen las labores de su trabajo más formal, sino también labores del cuidado en el hogar. 

Sin embargo, a pesar de que es una actividad para el sostenimiento de la vida de todas las personas y de las sociedades en general, es una labor que ha sido invisibilizada y subvalorada. Invisibilizada porque esta no se reconoce como un trabajo formal o remunerado, se asume que es un deber de las mujeres, esto por supuesto, asociado a la idea de la división sexual del trabajo y a la naturalización que todas y todos hemos tenido frente a esta división. Mientras que a las mujeres se nos han asignado las labores del cuidado y la reproducción, y se nos ha reservado la esfera de lo privado; a los hombres, por el contrario, se les ha otorgado el espacio de lo público, como los proveedores de la economía familiar y como aquellos con el poder de tomar decisiones en la vida política y social.

Aunque debe decirse que esto se ha matizado con el tiempo, pues gracias a las luchas de los movimientos de mujeres y movimientos feministas, se han logrado fracturar estas dicotomías y las mujeres también hemos podido acceder de cierta manera, al espacio público y a la toma de decisiones. Digo de cierta manera, porque siguen existiendo una suerte de estructuras y realidades en términos institucionales, políticos, geográficos, sociales, étnico-raciales, entre otros; que han impedido la participación real de muchas mujeres en estos espacios. En efecto, las labores del cuidado han sido una parte de estas realidades que han imposibilitado que muchas mujeres puedan acceder a los espacios públicos. Una de las principales causas, aunque no es la única, radica en que las jornadas excesivamente largas de realizar los quehaceres del hogar, dificultan la posibilidad de tener tiempo para otro empleo, o incluso tiempos de ocio y descanso. 

Subvalorada porque en los casos que se reconoce como trabajo en el mercado laboral, las condiciones de quienes la realizan, son supremamente precarias. Por ejemplo, para las trabajadoras del servicio doméstico no existe en la mayoría de casos más que un contrato verbal, trabajan más de las horas establecidas legalmente y sufren maltratos tanto físicos como verbales por parte de los dueños del hogar. Así que mientras muchos nos quejamos por hacer actividades que nunca habíamos hecho o por lo menos no diariamente antes de la pandemia, para millones de mujeres en Colombia y en el mundo, han sido actividades cotidianas, invisibilizadas y subvaloradas, que no han sido una excepción, sino por el contrario, han aumentado y con muchos riesgos. 

Las labores del cuidado que asumen las mujeres en esta cuarentena también han impactado de manera negativa sus vidas. Han existido sobrecargas de trabajo que afectan tanto su salud física como emocional, así como mayores riesgos de violencia. No en vano, los casos de violencia intrafamiliar se han multiplicado. Es en últimas, una afectación que se agudiza en estos tiempos pero que ha impactado desde hace rato su vida económica, social, familiar y personal. Frente a esto, las sobrecargas que han tenido las mujeres y en general las cargas que han tenido que asumir muchas personas en esta época de pandemia, nos tienen pensando y bromeando con el tema; sin embargo, es una discusión que no solo debe quedarse en reflexiones pasajeras, sino que debemos aprovechar esta coyuntura para desnaturalizar lo invisibilizado y subvalorado que se encuentra la labor del cuidado en Colombia y en el mundo, en tanto que es indispensable para la reproducción y sostenimiento de la vida misma. 

Desnaturalizar el cuidado implica preguntarnos por el qué es y cómo hacerlo. Cuando menciono desnaturalizar el cuidado, me refiero a atacar como lo menciona la antropóloga María Fernanda Cepeda, la estructura en sus aspectos más materiales como la división sexual y sexuada del trabajo que ha llevado a que el cuidado sea un trabajo feminizado, que solo les corresponda a las mujeres hacerlo. En ese sentido, deberíamos optar por una redistribución de las cargas que no sean asumidas únicamente por las mujeres, sino que sean asumidas por todas las personas, incluso los sujetos masculinos, incluyendo aquellos no racializados o con un privilegio de clase. Y si no va a ser asumida por todas las personas, que al menos, se reconozca como un trabajo formal con las garantías y condiciones labores que merece, que sea visto como un trabajo, que al igual que otros, requiere tiempo, conocimientos, saberes y técnicas, y que además aporta a la economía de un país. 

Así es, el cuidado es un trabajo que aporta significativamente al sector económico de un país en tanto que todas las personas que están contribuyendo pueden realizarlo gracias a las condiciones básicas de subsistencia que las actividades del cuidado nos han otorgado desde que somos bebés, pero también cuando estamos enfermos o aun cuando nos volvemos adultos mayores. Incluso pensemos en todo el aporte que harían a la economía de un país, si le diéramos un valor a aquellos trabajos del cuidado que no se encuentran remunerados, si se consideraran como parte del sector real de la economía.

Al respecto, el informe que publicó OXFAM, este año “Tiempo para el cuidado. El trabajo de cuidados y la crisis global de desigualdad”, ha calculado que el trabajo de cuidados no remunerados que realizan las mujeres aporta a la economía mundial un valor añadido de alrededor de 10,8 billones de dólares anuales, que es de hecho una cifra que triplica el aporte que realiza la industria de la tecnología. Por supuesto, no es una cifra exacta, pues es una estimación inferior al valor real, en tanto que los datos se basan en el salario mínimo, asumiendo que todas las mujeres ganan este, y no el salario justo que deberían tener acorde a los distintos tipos de labores y cargas que cada una asuma. 

En cuanto al cómo hacerlo, me refiero a que desnaturalizar esta labor debe pasar por ser objeto de debate público no solo en debates político/institucionales, sino también problematizarla en nuestros entornos más próximos, con nuestras familias o nuestras amistades, pero también desde lo que nosotros individualmente hemos entendido y asumido sobre estas labores y a quiénes les ha correspondido hacerlo. Por supuesto que las transformaciones son importantes si pasan por las esferas legales e institucionales para ser discutidas y debatidas en los espacios en que se decide en buena medida la agenda política, social y económica del país y del mundo. Las leyes e instituciones que surgen tras esas nuevas discusiones, constituyen una parte de la transformación social, pero estos instrumentos se quedan cortos si no pasan por una transformación cultural que reproduce discursos y prácticas desde la intimidad de los hogares y que más adelante pasan a ser reproducidos en las esferas públicas. Es en últimas, una retroalimentación en doble vía, es decir, entre las experiencias e imaginarios personales y las estructuras sociales y políticas, que necesitan ser transformadas articuladamente. 

Podríamos llegar a hablar entonces de una politización del cuidado, que varias feministas como Luz Gabriela Arango, pionera en los estudios del cuidado en Colombia, o Pascale Molinier, feminista francesa que ha trabajado sobre estudios de género y del care, han tratado desde hace un tiempo y que la coyuntura nos permite hacer más visibles todas estas posturas. Politizar el trabajo del cuidado, significa por tanto, disparar flechas al corazón mismo del sistema sexo-género, pero también al sistema racial, clasista, a las relaciones de poder geopolíticas norte-sur y a todos los sistemas de opresión que atraviesan las realidades de las mujeres que se dedican a estas labores. 

Es aquí donde el lente interseccional con el que el feminismo mira estas situaciones, o el lente de la matriz de opresiones como lo denomina Patricia Hill Collins, cobra sentido, pues nos permite ver que la desigualdad actúa de manera distinta, de acuerdo a las experiencias y lugares de enunciación, en este caso, de las mujeres que asumen el trabajo del cuidado.

Para hacernos una idea, es importante señalar que las labores del cuidado no solo asignan las responsabilidades a las mujeres, sino que también es un trabajo que se delega mayoritariamente a las personas racializadas y pobres, de modo que atraviesa otras realidades y posiciones situadas.

Uno de los casos que nos podría dar cuenta de esto, es lo que la socióloga estadounidense Arlie Hochs, ha denominado cadena internacional del cuidado, pues muchas mujeres, especialmente del norte global contratan para el cuidado de sus hijos y de sus hogares, a mujeres emigrantes provenientes de los países más pobres, que dejan en muchos casos, a sus hijos, en sus países de origen para asegurarles una mejor vida. De manera que quienes asumen esta labor, además de ser mujeres, son mayoritariamente mujeres pobres y racializadas. Frente a este tema, que es mucho más complejo de lo que mencioné y que llevaría a sacar incluso otro texto o incluso una tesis de maestría, nos da cuenta de las múltiples opresiones que sufren las mujeres no solo pensando esta situación desde el género sino también desde otros tipos de opresiones como la raza, la clase y el lugar geopolítico al que pertenecen. 

Reconozco que la deconstrucción y desnaturalización de la que hablo y han hablado distintas feministas desde hace ya un tiempo frente a las labores del cuidado y frente a cualquier otro tema, no es ni ha sido una tarea fácil. Y más aún, no es fácil cuando desde nuestras propias individualidades queremos deconstruir todos esos patrones e imaginarios que generan violencias de cualquier tipo sobre las personas, si siguen existiendo unas estructuras que cristalizan y reproducen estas ideas tanto en nuestros espacios más privados como en espacios públicos.

Lo cierto es que esas resistencias individuales que le hacemos al poder son importantes y suman fuerzas para resistir y desnaturalizar todo lo que se nos ha impuesto, y son aún más poderosas si estas se insertan en procesos colectivos y organizativos que reconozcan la contribución de las y los que cuidan de nosotros, y no solo con agradecimientos en privado, sino en público, frente a toda la sociedad, reconociendo las labores del cuidado como un trabajo y redistribuyendo las cargas. Es en últimas, una tarea inacabada e inacabable sobre la que debemos seguir reflexionando y debemos seguir resistiendo.  

 

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